Perséfone es hija de Zeus y Deméter (hija de Cronos y Rea, hermana de
Zeus, y diosa de la fertilidad y el trigo). Su tío Hades (hermano de
Zeus y dios de los Infiernos), se enamoró de ella y un día la raptó.
La
joven se encontraba recogiendo flores en compañía de sus amigas las
ninfas y hermanas de padre, Atenea y Artemisa, y en el momento en que va
a tomar un lirio, (según otras versiones un narciso), la tierra se abre
y por la grieta Hades la toma y se la lleva.
De esta manera,
Perséfone se convirtió en la diosa de los Infiernos. Aparentemente, el
rapto se realizó con la cómplice ayuda de Zeus, pero en la ausencia de
Deméter, por lo que ésta inició unos largos y tristes viajes en busca de
su adorada hija, durante los cuales la tierra se volvió estéril.
Al
tiempo, Zeus se arrepintió y ordenó a Hades que devolviera a Perséfone,
pero esto ya no era posible pues la muchacha había comido un grano de
granada, mientras estuvo en el Infierno, no se sabe si por voluntad
propia o tentada por Hades. El problema era que un bocado de cualquier
producto del Tártaro implicaba quedar encadenado a él para siempre.
Para
suavizar la situación, Zeus dispuso que Perséfone pasara parte del año
en los confines de la Tierra, junto a Hades, y la otra parte sobre la
tierra con su madre, mientras Deméter prometiera cumplir su función
germinadora y volviera al Olimpo.
Perséfone es conocida como Proserpina por los latinos.
La
leyenda cuenta que el origen de la Primavera radica precisamente en
este rapto, pues cuando Perséfone es llevada a los Infiernos, las flores
se entristecieron y murieron, pero cuando regresa, las flores renacen
por la alegría que les causa el retorno de la joven. Como la presencia
de Perséfone en la tierra se vuelve cíclica, así el nacimiento de las
flores también lo hace.
Por otra parte, durante el tiempo en que
Perséfone se mantiene alejada de su madre, Deméter y confinada a el
Tártaro, o mundo subterráneo, como la esposa de Hades, la tierra se
vuelve estéril y sobreviene la triste estación del Invierno.
viernes, 31 de marzo de 2017
jueves, 30 de marzo de 2017
Afrodita
Afrodita era la diosa griega del amor, la lujuria, la atracción
física y el sexo. En un mundo como la Antigüedad, en el que las
relaciones sexuales no eran consideradas como algo pecaminoso ni
negativo, el ámbito de influencia de la diosa Afrodita era amplio y
variado, lo que explica la gran atención que recibió esta diosa, tanto
desde el punto de vista del desarrollo de sus mitos como de la aparición
de todo tipo de cultos a lo largo y ancho del Mediterráneo. En efecto,
Afrodita fue una de las divinidades más veneradas en la Antigüedad,
contando con grandes templos en las principales ciudades y santuarios.
Tal fue la fuerza de esta diosa que acabó por absorber a todas las
divinidades menores con las que compartía algún tipo de ámbito, en un
complejo proceso de sincretismo religioso que dio lugar a una gran
variedad de cultos y advocaciones diferentes de la misma Afrodita.
NACIMIENTO E INFANCIA
El mito del origen de Afrodita está relacionado con la propia etimología de su nombre. El término griego aphrós significa espuma, y esto pudo llevar a la consolidación de la creencia de que esta diosa había nacido del mar. Según el mito más antiguo que ha llegado hasta nosotros, recogido por el poeta Hesíodo, tras arrancar Cronos los genitales a su padre Urano arrojó los despojos de esta acción al mar, en las costas de Pafos, en la isla de Chipre. De la mezcla del semen y la sangre de Urano con la espuma del océano, nació la diosa del amor, ya adulta. Esta versión del nacimiento de Afrodita ha sido la más célebre, inspirando a artistas de todas las épocas. Sin embargo, existen otras tradiciones que hablan de un origen diferente para esta diosa. Según Homero, Afrodita era hija de Zeus y Dione, una divinidad que acabó por perder su importancia en el panteón griego, pero que en su origen pudo haber sido la compañera del padre de los dioses hasta que Hera la sustituyó en este papel.
Todos los escritores antiguos están de acuerdo en que Afrodita no tuvo infancia, sino que nació ya siendo que adulta, con sus formas físicas maduras y listas para ser deseables por todos los mortales y los inmortales.
NACIMIENTO E INFANCIA
El mito del origen de Afrodita está relacionado con la propia etimología de su nombre. El término griego aphrós significa espuma, y esto pudo llevar a la consolidación de la creencia de que esta diosa había nacido del mar. Según el mito más antiguo que ha llegado hasta nosotros, recogido por el poeta Hesíodo, tras arrancar Cronos los genitales a su padre Urano arrojó los despojos de esta acción al mar, en las costas de Pafos, en la isla de Chipre. De la mezcla del semen y la sangre de Urano con la espuma del océano, nació la diosa del amor, ya adulta. Esta versión del nacimiento de Afrodita ha sido la más célebre, inspirando a artistas de todas las épocas. Sin embargo, existen otras tradiciones que hablan de un origen diferente para esta diosa. Según Homero, Afrodita era hija de Zeus y Dione, una divinidad que acabó por perder su importancia en el panteón griego, pero que en su origen pudo haber sido la compañera del padre de los dioses hasta que Hera la sustituyó en este papel.
Todos los escritores antiguos están de acuerdo en que Afrodita no tuvo infancia, sino que nació ya siendo que adulta, con sus formas físicas maduras y listas para ser deseables por todos los mortales y los inmortales.
miércoles, 29 de marzo de 2017
Atenea

Atenea o Palas Atenea formó parte de los habitantes del Olimpo junto al dios supremo Zeus. Era una de las diosas griegas más importantes y presentaba un gran número de rasgos característicos. Era la diosa de la guerra, de la sabiduría y de la ciencia, además de patrona de diversas actividades.
Atenea también tenía una afinidad especial con las ciudades, sobre todo con Atenas, donde era adorada en muchos templos como la deidad tutelar principal.
La sabiduría y la versatilidad de la virginal Atenea eran una consecuencia directa de su extraordinario nacimiento. En cierta ocasión Zeus había concebido un hijo con oceánide Metis («sabiduría» o la diosa de la tierra, Gaya, y el dios de los cielos, Urano, habían dicho que el dios que naciese del embarazo de Metis sería muy superior a él). El dios supremo montó en cólera y devoró al atemorizado Urano, lo que le provocó tiempo después que tuviese un intenso dolor de cabeza. Hefesto, el artesano de todos los dioses, tuvo que utilizar sus herramientas para abrir la cabeza de su padre, de donde salió Atenea completamente vestida y ya adulta. De este modo, podría decirse que era la favorita de su padre y que en cierto sentido se parecía a él.
El valor era el rasgo más característico de Atenea. Su figura alta y delgada siempre estaba acompañada por el casco y la lanza. Llevaba el aegis o piel de cordero que le entregó su padre para cubrir sus hombros. Estaba decorado con borlas y la cabeza de Medusa, la Gorgona con su rostro terrorífico, cuya mirada podía convertir a cualquiera en piedra (ver Gorgonas, Las). Un buho que simbolizaba su sabiduría solía acompañarla a todos los sitios. Homero la comparaba a veces con esta ave, lo que apoya la teoría de que se la adorase a través de un buho o una lechuza. De hecho, esta figura aparece en gran cantidad de monedas acuñadas en Atenas.
El vínculo de la diosa con esta ciudad quedó establecido tras la competición con Poseidón por la provincia de Ática, en la que se encontraba Atenas. El dios del mar utilizó su tridente para crear un pozo que manase desde la Acrópolis, pero Atenea plantó un olivo para impedirlo. Los dioses y diosas que mediaron en el conflicto creyeron que este último era un regalo mejor. De este modo los habitantes eligieron a Atenea para que fuese su patrona y le pusieron a la ciudad su mismo nombre. Los templos más importantes en la Acrópolis son el Erechtheum (Erecteo) y el Parthenon (Partenón), que literalmente significa «la casa de las vírgenes» debido a la condición virginal de la diosa, y están dedicados a ella. El Partenón contiene una impresionante estatua de casi 12 m de alto de la diosa, obra del escultor Fidias. Sus túnicas eran de oro puro. El olivo sagrado ofrecido a la ciudad ocupa un lugar de honor en el complejo. El árbol empezó a crecer milagrosamente después de la destrucción de la Acrópolis a manos de los persas en el año 480 a.C. Incluso hoy día permanece uno de los olivos a la entrada del templo.
martes, 28 de marzo de 2017
Psique
Psique
Psique (en griego la palabra quiere decir “alma”) era una princesa de una belleza tan extraordinaria que la misma diosa Afrodita estaba celosa de ella.Sin embargo, Psique era tan bella que seguía virgen porque su belleza sobrehumana asustaba a sus pretendientes. Afrodita ordenó a su hijo Eros, el dios del amor, que castigara a la atrevida mortal. Por eso, algún tiempo después, un oráculo mandó al padre de Psique, bajo la amenaza de una terrible
calamidad, que llevara a su hija a una roca solitaria donde sería devorada por un monstruo.
Pero el dios Eros, cuando vio a la muchacha que tenía que morir en la boca del monstruo que la esperaba abajo, quedó tan impresionado por su belleza que tropezó y se pinchó con una de sus propias flechas -esas flechas que utilizaba de manera tan eficaz para llevar el amor súbito tanto a los mortales como a los dioses-.
Así fue como Eros se enamoró de la persona que su madre le había mandado eliminar. Temblando, pero resignada, Psique estaba esperando en su roca solitaria la ejecución del oráculo, cuando de repente se sintió suavemente elevada por los vientos; era Céfiro, el viento del Oeste, que la llevó a un valle donde quedó dormida, sobre un verde cesped.
Al despertar, Psique descubrió ante si un magnífico palacio de oro y mármol que comenzó a explorar. Las puertas se abrían y voces incorpóreas la guíaban y se presentaban como sus esclavas.
Cuando cayó la noche y Psique estaba a punto de dormirse, un misterioso ser la abrazó en la oscuridad, explicándole que él era el esposo para el cual estaba destinada. Ella no conseguía ver sus rasgos, pero su voz era dulce y su conversación llena de ternura. Su matrimonio se consumó, pero antes de que volviera la aurora, el extraño visitante desapareció, haciéndole prometer primero a Psique que jamás intentaría ver su rostro.
Psique no estaba descontenta con su nueva vida. No le faltaba de nada excepto su encantador esposo, que sólo iba a visitarla en la oscuridad de la noche. Sin embargo, fue presa de la nostalgia y una noche pidió a su marido que la dejase visitar a sus hermanas. Eros accedió a cambio de lo que le había hecho prometer a Psique.
Visitó entonces a sus dos hermanas que, devoradas por la envidia, sembraron en su corazón las semillas de la sospecha, diciéndole que su esposo debía ser un horrible monstruo para esconderse así de ella. La criticaron tanto que una noche Psique, a pesar de su promesa, se levantó de la cama que compartía con su esposo, con disimulo encendió una lámpara y la sostuvo encima del misterioso rostro.
En vez de un espantoso monstruo, contempló al joven más hermoso del mundo -el propio Eros-. A los pies de la cama estaban su arco y sus flechas. En su conmoción y su gozo, Psique tropezó y se pinchó con una de las flechas, y por eso acabó por enamorarse profundamente del joven dios que antes había aceptado por haberse enamorado él de ella. Pero su movimiento hizo que una gota de aceite caliente cayera sobre el hombro desnudo del dios. Él se despertó enseguida, regañó a Psique por su falta de palabra e inmediatamente desapareció.
El palacio desapareció también, y la pobre Psique se encontró en la roca solitaria otra vez, en una espantosa soledad. Al principio pensó en suicidarse y se tiró a un río que había cerca de allí, pero las aguas la llevaron suavemente a la otra orilla.
Desde entonces ella vagó por el mundo en busca de su perdido amor, perseguida por la ira de Afrodita y obligada por la diosa a someterse a cuatro terribles pruebas, que consiguió superarlas una tras otra, gracias a la ayuda de las criaturas de la Naturaleza -las hormigas, los pájaros, los juncos-.
Finalmente tuvo que descender incluso al mundo subterráneo, a donde ningún mortal puede ir. Tenía que pedirle a Perséfone un frasco de agua de Juvencia -en otras versiones una caja- que le estaba prohibido abrir. Psique desobedeció movida por la curiosidad y quedó sumida en un profundo sueño.
Al final, conmovido por el arrepentimiento de su infeliz esposa, a la que nunca había dejado de amar y proteger, Eros despertó a Psique de un flechazo de su sueño mortal y, subiendo al Olimpo, le pidió permiso a Zeus para que Psique se reuniera con él.
Zeus se lo concedió y le otorgó a Psique la inmortalidad, dándole de comer la Ambrosía. Afrodita olvidó su rencor y la boda de los dos enamorados se celebró en el Olimpo con gran regocijo.
lunes, 27 de marzo de 2017
El caballo de Troya
La mayoría de la gente ha escuchado, o al menos visto en películas la historia de ese enorme caballo de madera que los griegos, valiéndose de artimañas, logran introducir en la ciudad de Troya, para luego apoderarse de ella. Sin embargo, Para conocer esta parte de la historia antigua debemos valernos de los poemas homéricos que forman el contenido de la “Ilíada” y la “Odisea”.

Se cuenta que mientras los griegos buscaban el modo de
entrar en Troya, el inteligente Odiseo (en cierto modo con la ayuda de Atenea)
ordenó la construcción de un enorme caballo de madera. El caballo debía tener
la particularidad de estar hueco por dentro, para que los soldados se pudieran
esconder en él.
Una vez que la estatua de madera fue construida por el
artista Epeo, Odiseo y treinta y nueve guerreros griegos más se introdujeron en
el hueco del caballo. El resto de la flota griega se retiró abandonando al
caballo, para que los troyanos creyeran su retirada, siendo Sinón el único
hombre dejado atrás. Cuando los troyanos se percataron de la presencia del
caballo se maravillaron ante sublime creación, mientras que Sinón fingió estar
furioso con los griegos por haberle dejado atrás.
Sinón les hizo creer a los troyanos que el caballo era un
regalo de los dioses a modo de amuleto para que Grecia ganase la guerra. De
hecho, el tamaño del caballo era inmenso para que los troyanos no lo pudieran
introducir en la ciudad, y así robarles el amuleto que les daría la victoria
definitiva en la guerra.
Casandra, portadora del don de la profecía, se opuso a la
introducción del caballo en la ciudad, ya que sabía que ese sería el fin de
Troya, pero la maldición del dios Apolo evitó que nadie la creyera. Esa misma
noche, los troyanos celebraron lo que creían que era su victoria introduciendo
el caballo en Troya con todo el esfuerzo que fue necesario.
LA CAIDA DE TROYA
Cuando Troya cayó dormida por culpa de los efectos del
alcohol, Sinón dejó salir a los guerreros griegos del caballo, y masacraron al
pueblo troyano. Príamo, el rey de Troya, fue asesinado mientras se acurrucaba
en el altar de Zeus, y Casandra fue arrancada de la estatua de Atenea, violada
y abandonada a su propio destino, un destino que su maldición le impediría
evitar.
EL NUEVO CABALLO DE TROYA
En la actualidad, a pocos kilómetros de la ciudad de
Canakkale, junto al estrecho de Dardanelos, paso obligado entre el Mar Egeo y
el Mar de Mármara, se encuentra la legendaria ciudad de Troya de la que hay
restos que demuestran que, han sido diez, las ciudades que se han construido
una encima de otra.
Y, por si alguien quiere aventurase para ir y conocer otros
sitios, no sería mala idea de escudriñar más por aquellos rumbos para saber un
poco más de historia. O ir, por ejemplo a Turquía, un lugar, una plaza en el
centro de la ciudad de Canakkale, está el caballo empleado para el rodaje de la
última película de Hollywood.
Así mismo, para quien guste del cine, ya podrá darse cuenta
de la gran cantidad de películas que abordan este tema relacionado al famoso Caballo
de Troya.

domingo, 26 de marzo de 2017
La guerra de Troya
Sin duda alguna, una de las mas famosas Guerras de la Historia Griega es la
Guerra de Troya un conjunto de poemas escritos por Homero y que se encuentran en sus libros "la Odisea y la Iliada", que ha inspirado tantos libros, películas e
historias varias que la han hecho mundialmente famosa. Sin embargo, pocos saben cual fue el origen del conflicto: una curiosa disputa divina.
Habiendo sido invitados los dioses y las diosas a las bodas de Tetis y Peleo, solamente la Discordia fue excluida del festín, desterrada como estaba del Olimpo por causa de las continuas disputas y trastornos que entre los dioses promovía, por temor a que ni siquiera en una tan feliz circunstancia cejara en su empeño de sembrar el desorden y la disidencia.
Esta exclusión hirió en lo más vivo a la diosa, y decidió vengarse de la manera más hábil posible, y apareciendo al final de la comida envuelta en una nube, arrojó sobre la mesa una preciosa manzana de oro que llevaba grabado en el costado las palabras a la mas hermosa. Y fue así que se inició una pelea para decidir la dueña del litigioso regalo: la soberbia Hera apelaba a su cualidad de reina de los cielos para ser merecedora de tal honor, la brillante Atenea, a su indudable ejemplaridad y legendario tino en todo aquello que se propusiese, y la lujuriosa Afrodita a su calidad de diosa de la belleza y el amor carnal, sin que ninguno de los otros olímpicos plantearanse siquiera dar la razón a una u otra de ella, por temor a la legendaria ira de las tres diosas.
En mitad de la discusión, Hermes ensalzó los méritos del troyano Paris, hijo del Rey Príamo, y aconsejo a los dioses que le tomaran por árbitro en la disputa. Llevado el príncipe ante las diosas, pusieron estas en juego todas las seducciones posibles para tenerlo favorable. Hera le prometió riquezas, Atenea la gloria de las armas y Afrodita que le daría la más bella mujer del mundo. Afrodita fue la elegida por el príncipe troyano y en medio de los aplausos del Olimpo obtuvo el premio de la belleza, mientras que Hera y Atenea, celosas y humilladas, decidieron perder a Paris, a su familia y a toda la nación troyana.
Fue así que cuando Afrodita cumplió con su palabra y consiguió para Paris los amores de Helena de Esparta, esposa del rey Menelao, que renunció de su patria y abjuró de sus sentimientos de esposa, Hera y Atenea consiguieron urdir la conjura por la cual todos los reinos de Grecia dejaron temporalmente sus diferencias de lado para enviar inmensos ejercitos a la ciudad de Troya para el rescate de la reina confundida por la diosa del amor, dando así comienzo a la larga y cruenta guerra que, tras suponer el fin de muchos insignes héroes griegos, terminó con la destrucción de la misma Troya.
Habiendo sido invitados los dioses y las diosas a las bodas de Tetis y Peleo, solamente la Discordia fue excluida del festín, desterrada como estaba del Olimpo por causa de las continuas disputas y trastornos que entre los dioses promovía, por temor a que ni siquiera en una tan feliz circunstancia cejara en su empeño de sembrar el desorden y la disidencia.
Esta exclusión hirió en lo más vivo a la diosa, y decidió vengarse de la manera más hábil posible, y apareciendo al final de la comida envuelta en una nube, arrojó sobre la mesa una preciosa manzana de oro que llevaba grabado en el costado las palabras a la mas hermosa. Y fue así que se inició una pelea para decidir la dueña del litigioso regalo: la soberbia Hera apelaba a su cualidad de reina de los cielos para ser merecedora de tal honor, la brillante Atenea, a su indudable ejemplaridad y legendario tino en todo aquello que se propusiese, y la lujuriosa Afrodita a su calidad de diosa de la belleza y el amor carnal, sin que ninguno de los otros olímpicos plantearanse siquiera dar la razón a una u otra de ella, por temor a la legendaria ira de las tres diosas.
En mitad de la discusión, Hermes ensalzó los méritos del troyano Paris, hijo del Rey Príamo, y aconsejo a los dioses que le tomaran por árbitro en la disputa. Llevado el príncipe ante las diosas, pusieron estas en juego todas las seducciones posibles para tenerlo favorable. Hera le prometió riquezas, Atenea la gloria de las armas y Afrodita que le daría la más bella mujer del mundo. Afrodita fue la elegida por el príncipe troyano y en medio de los aplausos del Olimpo obtuvo el premio de la belleza, mientras que Hera y Atenea, celosas y humilladas, decidieron perder a Paris, a su familia y a toda la nación troyana.
Fue así que cuando Afrodita cumplió con su palabra y consiguió para Paris los amores de Helena de Esparta, esposa del rey Menelao, que renunció de su patria y abjuró de sus sentimientos de esposa, Hera y Atenea consiguieron urdir la conjura por la cual todos los reinos de Grecia dejaron temporalmente sus diferencias de lado para enviar inmensos ejercitos a la ciudad de Troya para el rescate de la reina confundida por la diosa del amor, dando así comienzo a la larga y cruenta guerra que, tras suponer el fin de muchos insignes héroes griegos, terminó con la destrucción de la misma Troya.
sábado, 25 de marzo de 2017
Las Moiras
Las Moiras son las personificación del destino de cada cual, de la suerte que le corresponde en este mundo. En principio, todo el mundo tiene su Moira, que significa su parte (de vida, de felicidad, de desgracia, etc.).


Luego, esta abstracción se convirtió muy pronto en una divinidad, tendiendo a parecerse a Ceres, aunque sin llegar nunca a ser un demonio violento y sanguinario como ella. Impersonal, la Moira es inflexible como el destino; encarna una ley que ni los mismos dioses pueden transgredir sin poner en peligro el orden del universo.
La Moira es la que impide a tal o cual dios acudir en socorro de un héroe determinado en el campo de batalla cuando ha llegado su “hora”.
Poco a poco parece haberse desarrollado la idea de una Moira universal que domina el destino de todos los humanos, y, sobre todo, después de la epopeya homérica, la idea de tres Moiras (Parcas), Cloto, Láquesis y Átropo que, para cada mortal, regulaban la duración de la vida desde el nacimiento hasta la muerte, con ayuda de un hilo que la primera hilaba, la segunda enrollaba y la tercera cortaba cuando la correspondiente existencia llegaba a su término.
Estas tres hilanderas son hijas de Zeus y de Temis, y hermanas de las Horas, divinidades de las Estaciones y que en una época más tardía llegaron a personificar las Horas del día. Según otra genealogía, eran hijas de la Noche, como las Ceres, y, por consiguiente, pertenecían a la primera generación divina, la de las fuerzas elementales del mundo.
Tienden a veces a formar un grupo con Ilitía, divinidad, como ellas, del nacimiento. Asimismo se encuentran citadas junto a Tique (la Suerte), que encarna una noción afín.
Las Moiras no poseen leyenda propiamente dicha. Apenas son más que el símbolo de una concepción del mundo, mitad filosófica, mitad religiosa.
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